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VIOLENCIA Y RELIGIÓN

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Cuando veo a una cría humana recién nacida no puedo menos que pensar en toda la inocencia que sus ojos irradian, esa paz eterna que muestra su mirada. ¿Eterna? ¿Cómo podrá ser eterna esa paz y esa inocencia en este mundo tan lleno de odio y maldad?

Esa cría humana tarde o temprano pecará, y su alma, la cual es eterna a diferencia de la inocencia de sus ojos, ya estará condenada al infierno. Esa alma inocente de un niño recién nacido, devenida en la adultez en alma pecadora, padecerá los tormentos del infierno, el salvaje diablo gozará con los padeceres que sufra el otrora inocente bebé.

¿Y todo por qué? Todo tan sólo por haber crecido, por haber convivido con crueles y pecadores humanos adultos, todo por haber adquirido de esos monos sus vicios.

¿Cómo salvar esas almas humanas? ¿Para qué dejar a esas almas vivir durante ochenta años en esta vida terrenal para después verlas condenadas al infierno?

Para salvarlas de las garras de Lúcifer fue, señor Juez, que ingresé a la Maternidad en cuestión con esta metralleta y asesiné a cientos de niños, salvando así sus inocentes almas del fuego del infierno. No me encarcele, mejor hágame un monumento.

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