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EL TRAFICANTE DE LINTERNAS

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La luz no llega a cualquier sitio, no se ilumina hasta el más recóndito lugar, no atraviesa paredes y montañas para llegar al último callejón, sino que la luz alcanza a algunos objetos y a otros no, a algunas personas y a otras no.

Pues bien, esto que he afirmado tan taxativamente en las líneas anteriores debe ser cuidadosamente analizado porque cabe aclarar que esa luz que llega a unos sitios y a otros no, es la luz natural, aquella que emana el sol y refleja la luna, se trata de aquella luminosidad que casi desaparece por completo en las noches y vuelve a la vida de su fulgor durante los días, se trata de una luz y una oscuridad que nadie eligió, que nadie decidió sobre su presencia o su ausencia, sino que ya estaba allí desde antes que todos estos tipos nacieran.

Entonces, debido a esta característica del lugar al cual llega y al que no la luz, hay personas que parecen condenadas a vivir por siempre en oscuras y otras a las que eternamente acariciará la luz; y la causa de esta división es si el lugar en el cual ha nacido el individuo en cuestión, es o no bendecido por los rayos solares.

Pero lo más grave de esta situación es que la división social basada en los rayos solares nos estructura la cabeza, nos achata la percepción, nos inmoviliza las neuronas del cerebro, nos impide desatar la profundidad y superficialidad de una novedosa forma de pensar, de tal manera que no podemos imaginar otra forma de convivencia, de relación, de circulación que no sea aquella de lo iluminado y no iluminado por un orden natural como es el sol, un orden natural que existió previamente a que nosotros hallamos nacido, y que tenemos la lamentable certeza de que seguirá dividiendo el mundo incluso cuando ya estemos en las garras de la muerte.

Y es ahí, en el momento en que se hace evidente este orden natural que condiciona tu vida, donde aparecen los no naturales, los que arrancan las raíces de la maleza para sembrar las flores de un jardín que necesita ser regado, los que desafían cualquier ley con pretensiones de agobiar a la imaginación misma, a las siluetas de un sonrisa sin dientes ni bocas, a un llanto sin lágrimas ni ojos, a un diablo sin cuernos ni patas de cabras. Estos tipos, iluminados o no, son los que desafían a un orden natural establecido desde siempre y con aspiraciones de ser para siempre, quieren luz u oscuridad donde nadie siquiera sabe de la existencia de ellas. Con sus linternas desafían a la naturaleza, porque con ellas ya la presencia de la luz o de la oscuridad de donde nació alguien para ser iluminado, ya no depende de que sea de día o de noche, esa luminosidad u oscuridad tampoco ya se basa en si a las personas las eligen o no los rayos solares, sino que con estas linternas los individuos pasan a ser autónomos con respecto al proceso luz y oscuridad, se desarman antiguas estructuras de pensamiento y percepción y se arma lo que la persona quiera, lo que la imaginación mande, lo que cada cerebro procese, lo que cada nueva dentadura muerde, lo que cada serenidad altere y conmocione.

Necesitamos a esos maleducados e impertinentes tipos más que nunca, ya que la obstinada humanidad parece hallarse en la búsqueda de un orden natural, necesitamos del desorden que ellos nos proponen, necesitamos de luz allí donde el sol sólo es una leyenda. Necesitamos cada vez más de estos traficantes de linternas.

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